Museo de Artes y Oficios

Cocina tradicional

Planta Primera

MUEBLES

Pocos, austeros, escasamente especializados y casi siempre muy rústicos: así han sido los muebles tradicionales del Alto Aragón.

Abundaban las arcas. Cada mujer, al casarse, aportaba una con su ajuar. Solían ser cajas simples y robustas, construidas en madera de pino. Pero en ocasiones la novia llevaba un arca más rica: las hay con primorosas tallas de geometría incisa, otras con vistosas pinturas y algunas con hermosos herrajes.

En los armarios donde se guardaba la ropa —las alacenas— también se esmeró a veces la mano del artesano: se conservan algunos de nogal con buenos paneles decorados con relieves.

Pero el alma del mobiliario tradicional altoaragonés no ha de buscarse en las tallas primorosas, en los colores o en los dorados: está en los objetos prácticos, simples y elementales, realizados con herramienta sencilla y labrados con la madera que brinda el entorno.

Se encuentra en los robustos escaños o cadieras que rodeaban el hogar, en las cantareras donde acomodaban sus panzas frescas los cántaros, en los taburetes de tres patas y en los bancos pulidos y desgastados por el uso.

EL FUSTERO

El fustero hacía mesas, alacenas y ventanas, pero también iba de pueblo en pueblo, de casa en casa, con sus herramientas. Empleaba pocas: la sierra, la zuela, la garlopa, el formón y poco más.

Para que la madera llegara a manos del carpintero habían sido necesarios muchos trabajos desde que el árbol crecía en el bosque: lo cortaban los picadores en invierno para sacarlo del bosque y conducirlo hasta un río; allí ataban los troncos formando almadías o navatas que, flotando, descendían río abajo. Cuando alcanzaban su destino, los serradores, con grandes sierras que manejaban entre dos o tres hombres, convertían los troncos en tablas.

En el Alto Aragón se usó, sobre todo, la madera de pino albar para la construcción de casas —tanto en forjados como en puertas y ventanas—, así como para cualquier obra práctica, rústica o poco costosa. El nogal se reservó para muebles más elegantes y delicados. El roble se empleó en tallas más lujosas y también en los forjados y en los marcos de los vanos.

Otros árboles tenían usos muy especializados: el enebro para resistir a la intemperie, al igual que el tejo; el boj para los trabajos más finos y menudos, como las cucharas; el mostajo para los mangos de las herramientas… Había una madera para cada necesidad.

LA SIERRA

Para el serrado, vino
y para la sierra, tocino.

El despiece de los troncos se hacía algunas veces en el mismo bosque y otras al lado de la casa o población. Era necesario construir una estructura, también de troncos, sobre la que se colocaba aquel que iba a ser cortado.

Se utilizaba el serrón o larga sierra trapezoidal con mango en ambos extremos, uno fijo en el lado más ancho y otro móvil que se ajustaba a los dientes en el lado más estrecho.

Esta sierra, de considerables dimensiones, tenía que ser manejada entre dos o tres hombres. Sobre el tronco, asiendo el mango fijo y moviendo la sierra de arriba abajo en sentido longitudinal, se colocaba uno de ellos, mientras sus compañeros, desde el suelo, mantenían la dirección por el otro mango e impedían que la hoja se torciera.

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